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LA CLERECÍA Lo que hoy conocemos por la Clerecía fue una construcción destinada a ser Colegio Real de la Compañía de Jesús y en la actualidd es esa misma congregación religiosa quien ocupa buena parte de este grandioso conjunto arquitectónico salmantino, el único comparable, si no superior, al de las catedrales. De lo que no hay duda es que los jesuitas no tuvieron nunca en España una sede de las dimensiones de ésta. |
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Las obras se iniciaron en 1617 por iniciativa de Felipe III y de su esposa Margarita de Austria, que, aunque para entonces ya había fallecido, siempres se sintió muy partidaria de los jesuitas, a los que legó importantes rentas en su testamento. La primera piedra del Real Colegio se puso el 12 de noviembre de 1617 con grandes ceremonias y fiestas y la construcción debía de hacerse según los planos que el arquitecto Juan Gómez de Mora había comenzado a preparar un año antes. Las obras se prolongaron a lo largo de 150 años y durante ese tiempo se sucedieron varios arquitectos y aparejadores que se responsabilizaron de la evolución de la construcción. De ellos merecen ser destacados, además de Gómez de Mora, el fraile jesuita Pedro Mato, a quien se debe la descomunal cúpula y parte de la iglesia, Joaquín de Churriguera, que debió levantar el claustro pequeño destinado a la comunidad y que fue destruido durante la Guerra de la Independencia y por último García de Quiñones, que fue quien se encargó de rematar la fachada de la iglesia con las dos torres y la espadaña. Desde el punto de vista estilístico y teniendo en cuenta que las obras se comenzaron al iniciarse el siglo XVII y nos se terminaron hasta la segunda mitad del XVIII, la Clerecía recoge un cúmulo de influencias que van desde el posmarienismo de carácter herreriano de Gómez de Mora, hasta el barroco pleno de García de Quiñones. De todo el conjunto, son la iglesia y el claustro las dos construcciones que ofrecen un mayor interés. El templo, aún sin torres, fue inaugurado en 1665 y su planta responde al modelo de iglesia jesuística propia de la época. Dispone así de una gran nave, flanqueada por varias capillas adosadas y comunicadas entre si y de crucero sobre el que se alza la cúpula. Adosada a la cabecera se encuentra una gran sacristía tan larga como ancha es la iglesia. La decoración interior está a medio camino entre el gusto clasicista y el barroco. La cúpula, realizada por Pedro Mato, quien en este punto no respetó los planos de Gómez de Mora, resulta desmesurada, pues su altura es superior a la de la nave del templo y, a pesar de algunos de sus originales elementos decorativos, su autor no debió calcular con precisión ni sus empujes ni su peso, ya que desde que finalizó su construcción ha necesitado ser reparada en varias ocasiones. Por lo que respecta a la fachada, ésta se realizó en tres momentos distintos. El primer tramo del cuerpo bajo, que alcanza hasta los dinteles de las puertas, se levantó al comienzo de las obras. Pedro Mato organizó un nuevo tipo de fachada, en la que destacan las gigantescas columnas, las fuertes molduras, los escudos reales y una hornacina con la imagen de San Ignacio de Loyola. La parte superior está construida por dos torres octogonales y la espadaña, obra muy posterior. Mención aparte merecen los retablos que contiene el templo. El del altar mayor está dedicado al Espíritu Santo y sus grupos escultóricos muestran a San Ignacio de Loyola y a doctores de la iglesia en las calles laterales y los evangelistas en la parte alta, obras de Juan Rodríguez y Juan Peti. |
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